Durante décadas, lo único que separó a Estados Unidos de México fue una cerca de alambre de púas.
Ahora, tras una enorme inyección de recursos del Congreso, el gobierno del presidente Donald Trump construye con rapidez lo que bautizó como un “muro inteligente”: una combinación de cercas de acero de 9 metros de altura con sensores, cámaras y torres de vigilancia que permiten a la Patrulla Fronteriza monitorear el territorio.
El proyecto enfrenta un intenso escrutinio por los miles de millones de dólares que recibe, en un momento en que los cruces fronterizos registran su nivel más bajo en décadas. Los críticos sostienen que Estados Unidos militariza la frontera con tecnología de vigilancia cada vez más sofisticada, lo que afecta a las comunidades locales.
“Estamos viendo una enorme expansión de la vigilancia y de la tecnología de vigilancia en toda la región fronteriza”, afirmó Ricky Garza, asesor de política fronteriza de Southern Border Communities Coalition. “El muro, en todas sus formas, es perjudicial para las comunidades”.
Las autoridades sostienen que la tecnología complementa al muro físico y permite que los agentes destinen su tiempo a otras tareas

